Decisión
Corro por pasillos sin fin. Puertas cerradas como labios mudos. Al fondo
una luz que siempre se aleja. Cada día con el mismo temblor en las manos, en el alma. Pero un día la puerta se abrió. Y ahí estabas con mi rostro, mis gestos y la vida que nunca viví. Me miraste burlona. “Soy tú”, dijiste. “La que eligió quedarse a este otro lado”. Quise hablar, pero la voz se me quebró en la garganta.
Ella —yo— soltó una risa breve, como si supiera todo lo que había callado durante años.
—Aquí no hay miedo —dijo—. Aquí no corremos, no hay dolor.
Me acerqué. No había espejo, pero verla era como asomarme al reflejo más hondo.
—¿Y si cruzo? —susurré.
Ella ladeó la cabeza, con ese gesto que yo siempre hacía cuando dudaba de algo o de alguien. Sus ojos eran los míos, pero sin el peso. Sin la sombra.
—No puedes —respondió, casi con ternura—. Este lado no es un lugar, es una decisión.
Sentí el frío en los pies, como si la luz a mis espaldas se hubiera extinguido. Quise tocarla. Saber si era de carne, de humo o de recuerdo. Pero cuando estiré la mano, ella retrocedió un paso.
—Si cruzas, olvidas —dijo—. Lo bueno y lo malo. Lo que amaste, incluso lo que aún espera por ti.
Entonces entendí. No era un sueño. No era una fantasía. Era una frontera.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Eres feliz?
Me miró largo rato, como si no esperara mi pregunta.
—No lo sé —dijo finalmente—. Aquí no hay tristeza, pero tampoco alegría. Solo paz, o algo parecido.
—Debo volver —murmuré algo nerviosa.
Ella asintió. —Siempre lo haces —dijo.
Y se fue apagando. No como una llama, sino como un eco.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos