- ¡Es la Princesa! ¡Tiene una de sus crisis otra vez! – gritó Esteban vestido de árbol rosa cuando cerré la puerta de la sala tras de mi, vestida con mi traje de hada madrina.
Cuando entré por primera vez, hace ya un par de años, me advirtieron que debía seguirle el juego a todos los de la habitación del reino rosado, situada en la cuarta planta al fondo del pasillo de la izquierda.
Cuando me acercaba a la princesa, en ese momento sentada en una silla del comedor forrada de papel plata y alzada sobre unos libros simulando su trono, me abrían paso dos duendecillos rosas, el unicornio rosa alado, cinco florecillas y tres pajaritos parlantes, todos ellos rosas.
- ¿Qué te ocurre Princesa? – pregunté imitando al hada madrina de los cuentos de mi niñez.
- Mi principe desapareció, el mago maligno le hechizó – dijo entre lágrimas y apretando los puños.
- ¿No lo sabe, Princesa?, nuestro valeroso principe se fue a batallar con los dragones – contesté limpiándole las lágrimas y sentándola bien en la silla.
Al rato, salí de la habitación dejándoles más tranquilos, y subí a la séptima planta; esta vez, vestida de dragón.
Relato presentado para el concurso del blog:
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