Ahí estaban, alineados como si hubieran caído juntos después de un último esfuerzo. Los padres sin brazos. El hijo, en cambio, intacto: de cuerpo entero, liso, aún brillante.
Solo eran maniquíes, restos de una tienda que ya no existe. Pero a quien pasaba, sin querer, le rozaba una incomodidad. Creo que era porque parecían cadáveres allí tirados. Nadie quería detenerse demasiado. Pasaban de largo y echaban miradas furtivas con el rabillo del ojo.
Eran maniquíes, sí. Pero también eran otra cosa: la huella de lo humano en lo inerte, la fragilidad convertida en escultura callejera. Una familia que había perdido los brazos para sostenerse y abrazarse, pero no la postura de estar juntos.
Ana Marga
📷 de Asier Susaeta
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
