domingo, septiembre 14, 2025

 


El teléfono verde colgaba en la pared como un testigo del tiempo. Su cable en espiral y rígido parecía cansado de tantas charlas, riñas, y lágrimas.
Abajo, una pequeña repisa de madera acumulaba polvo, como si esperara todavía la libreta donde alguna vez se apuntaban números, mensajes urgentes, recados mal escritos con prisa. En la pared, los trazos tontos de esas conversaciones largas resistían el paso de los años: casitas torcidas, árboles, corazones atravesados con flechas y dos nombres. El “tonto el que lo lea” lo escribí yo, para hacer mi gracia del día, pero Don Frascasio me echó un buen rapapolvo.


El teléfono ya no suena. Nunca más volvió a sonar. Y, sin embargo, ahí sigue, fijo en la pared, esperando. A veces pienso que si lo descolgara, del otro lado no contestaría nadie. Solo se escucharían las voces antiguas, mezcladas, repitiendo los secretos que un día guardó aquel viejo teléfono de bar.





Ana Marga 

📷 de  Elmar Geissler 

Escrito para El bic naranja: viernes creativos