DIA DE PLAYA
Llegué a la playa a las 8:00 a.m. para asegurarme un buen sitio.
A las 8:03, ya había una sombrilla clavada a diez centímetros de mi toalla.
A las 8:05, una familia de siete, extendió su campamento a mi alrededor como si fueran a pasar un mes.
—Ay, perdón, pensé que era una piedra.
A las 8:17, el niño más pequeño de la familia, empezó a construir su castillito de arena justo al lado de mi cabeza.
A las 8:20, una pareja discutía a voz en grito, y todos nos enteramos de que ambos se habían sido infieles.
A las 8:35, una gaviota intentó robarme las gafas de sol mientras me cagaba encima.
A las 8:40, decidí darme un baño. Al volver, mi toalla era la red de un campeonato de voley playa.
A las 8:42, pedí educadamente que me devolvieran la toalla. Me la devolvieron… con olor a sobaco ajeno.
A las 8:50, sonó una sirena: alguien había perdido una dentadura en la orilla y todos fuimos convocados a buscarla.
A las 8:55, encontré la dentadura. Me aplaudieron. Me ofrecieron guardarla como trofeo, y rechacé amablemente.
A las 9:10, decidí rendirme. Recogí mi toalla sobaqueada, mis gafas de sol traumatizadas y mi dignidad dispersa.
Al llegar a casa, reservé un hotel con piscina cubierta. Sin niños. Sin arena. Sin gaviotas.
Solo silencio y cloro.
El paraíso.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Foto de María Moldes
