POR DONDE EMPIEZA EL CAMBIO
No sabían cómo se llamaba. La habían visto rondar las calles del barrio, cuaderno en mano, la mirada recta y un andar que no pedía permiso. No era del sindicato. No era periodista. No parecía de nadie.
Aquel martes apareció temprano, con su vestido bastante ceñidito en la cintura.
Frente al portón de la fábrica, los hombres mataban el tiempo con las manos en los bolsillos y la esperanza entre los dientes.
La vieron acercarse, y uno de ellos, de los más jóvenes, soltó la frase con media sonrisa:
—¿Buscas a alguien, preciosa?
Ella lo miró sin pestañear.
—A ustedes —respondió secamente.
Algunos rieron por lo bajo. No era común que una mujer sola se les plantara así. Pero la curiosidad ganó al recelo.
—¿Y para qué?
—Soy la nueva propietaria de la fabrica. —espetó.
—¿Dueña, usted? —dijo el más alto, que masticaba una ramita.—. ¿Y eso desde cuándo?
—Desde ayer. Herencia, papeles, notaría. Todo en regla.
Había algo en su postura que no aceptaba réplica, pero tampoco violencia. Era firme, como si llevara años entrenando para ese momento.
—Me he informado, y muchos de ustedes tratan mal a sus mujeres y no los quiero aquí.
El silencio que siguió fue más áspero que el polvo de las máquinas. Algunos bajaron la mirada. Otros fruncieron el ceño. Solo uno dio un paso al frente:
—¿Y usted cómo sabe eso?
—Pregunté. Escuché. Y observé. Este barrio habla aunque ustedes no quieran.
—¿Y qué va a hacer, echar a medio pueblo? —se burló el de la ramita.
—Solo a los que confunden fuerza con abuso. Los tiempos cambiaron. Esta fábrica no volverá a ser como antes. Quiero respeto. El que no entienda eso, que no vuelva mañana.
El de la ramita se encogió de hombros.
—Mañana voy a venir igual.
—Yo también —dijo otro—. Pero sin levantarle la voz a la vieja, esta vez.
Y uno, el más joven, que aún tenía clavada la mirada en la calle por donde ella se había ido, dijo en voz baja:
—Tal vez esto no sea tan malo.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Foto de Grace Robertson
