Cuando llueve, el perro del vecino ladra un arcoíris. No sé si es magia, pero cuando llueve, el chucho se sienta en medio del patio y comienza a ladrar hacia el cielo chorreando colores. Los niños se asoman por las ventanas como si esperaran fuegos artificiales. Las vecinas se persignan, quizá por costumbre, quizá por asombro. Yo lo miro desde mi cocina, con la certeza de estar presenciando algo que no sabré contar del todo. Con cada ladrido el aire se llena de rojo, de azul, de un amarillo tan brillante, que parece irreal.
A veces creo que no ladra. Invoca.
Y que el arcoíris, obediente, acude solo por él.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Foto: desconozco autoría de la imagen, pero encontrada en @culturainquieta.
