Permanecimos colgando del minuto.
Abrazados,
confundidos.
Sudando.
No hubo sonido de ninguna de nuestras bocas.
Nuestros cuerpos
ordenados cada uno
en nuestro lado de la cama.
La cólera
de nuestras ganas,
colgaba aún
de nuestros ojos.
Mi pudor cayó muerto
con tu primer mordisco.
Con desespero
tragué preguntas
y dudas….
Tu respuesta no importaba.
Mi enjambre de sonrisas,
te hipnotizaba.
Te volvió niño….
Niño loco.
Pegada mi espalda al suelo,
no quería ni moverme,
ni respirar.
Sólo me tapaba
el velo de tus manos.
Sólo crepitaba el fuego de mi ombligo,
de mis piernas.
Pero aún la noche nos trama diabluras.
Aún hay que curar grietas
de carne,
de pena.
