sábado, abril 20, 2024

Imagen de Edouard Boubat

Nieve

Caes suave.
Como pluma de las nubes, 
sobre mi rostro
pintando sobre el bosque de mi pecho.

Caes como cristales en danza
sobre mis ojos
abrazando con cada copo
un nuevo sueño ya curado.

Caes sobre tu quieto manto
la vida late
haciéndose mundo.

Todo es música que escapa del silencio.

¡Nieve!
¡Belleza fría, efímera!

Encanto tierno y silente. 

Eres el son del frío,
el susurro del invierno 
en nuestro regazo.


(Escrito para "El bic naranja")  Viernes creativos.

lunes, junio 15, 2015

Nos creemos cotidianos en los lunes.
Insípidos. Lentos…
Creemos ver temblar los años,
cuando esta el día gris.
Pero cuando desciendo desnuda al borde de la vida,
me besa el mágico tapiz de tu dulzura.
















Photo © Billy Monday

jueves, febrero 19, 2015

Mañana

me vestirán
        con cenizas el alba.

Aprenderé
a dormir sin memoria.



-inspirado en un poema de Alejandra Pizarnik-

martes, diciembre 30, 2014

no conozco la paz


no conozco la paz
no se narrar batallas
ni escribir la canción de algún soldado herido

pero la vida me conmueve cuando te miro
y voy amándote de la manera más simple y primitiva


me gusta la paz
y la defiendo,
pero no la conozco

me gusta ser mujer
y arraigarme en el cosmos

por alguna razón precisa estoy aquí
aunque no lo sepa expresar, por alguna razón precisa estoy aquí

escribiendo, alcanzo mi propia intimidad,

pero no he vivido nada

….

anhelo el más tierno desorden del amor
y vengo de soledades últimas


mi prisión es mi cuerpo 
este cacho de carne frágil y blando, es prisión y libro


aspiro a la totalidad de mi propio ser,
palparme  
escribirme
deleitarme con mis cicatrices
aspiro a la yaga, 


y caigo en mi trampa, 
mi trampa mortal de quererte tanto


solo se que estas
en cada íntimo instante del milagro



miércoles, noviembre 26, 2014

Engaño.


Miro abajo. No hay suelo. Otra vez olvidaron poner las calles. Hay un abismo negro bajo mi ventana. Vértigo, ¡que vértigo!
Se me ha caído un calcetín mientras tendía. No lo veo abajo. Solo hay oscuridad y silencio.
¡Va a llover! Me meto otra vez en casa, y caigo de repente en la cuenta; ya se lo que ha pasado. Todo es ilusión óptica. Hay calle, suelo, y madres tirando de los críos con sus mochilas. Los oigo. 
Ha sido ella. La bruja de mi vecina de abajo. Le gustaban mis calcetines, dijo.

jueves, octubre 16, 2014

Soliloquio


este palpito tan tuyo,
quiere regalarte
todas mis miradas

a tu merced mi vida reposa

llevo tus ojos

no te reprimas
déjate llevar, Ana

sigue

estás sola, Ana
y te acude una inquietud

a veces me pregunto si te he mandado flores

estoy a oscuras por culpa mía, algo nos falta y hay que ponerle nombre

sobre todas las cosas, sigo latiendo

encima de mis heridas puse las ramas de tu nombre




cuando me duerma,
ya no te querré

                  pero será falso


sábado, octubre 11, 2014

Agonía nocturna

que hago para ahuyentar a la noche? tu lo sabes? me muerde... me araña los muslos

de mis pupilas a tu ego me arrodillo...


lucho para salvar mi vida, pero soy de ala breve

palpitante, en el oscuro surco de tu falta... tan susceptible, que me eriza el frío.

mi cuerpo sin el tuyo es escarcha

es tan frágil mi trampa, mi amapola, que llevas mis ganas en tu puño cerrado.

deseos ... venenos ... entrañable alimento

corre el torrente de mi sangre rápidamente por tu cama... tu suspiro me consuela, de ti respiro.

ven, y edita esta agonía nocturna, que no tengo retorno


sábado, octubre 04, 2014

Vas urgiendo de mi curva.

  
Arráncame los límites.
Caigo, soy de humo.
Las venas que sujetan el paisaje de tu cuerpo, otro episodio de espera, difunden la sed en mi vientre.

Y aquí yo,

Y tú también,

con la mano temblando al escribir. Fuego, presagio. 
Llegas de cualquier sitio sin mapas, sin señales. Vas surgiendo de mi canto.

Es un filo brillante mi nuca, desboca sola mi tibieza.


Ven.


No hay nada.
No hay almas.
       No hay armas.

Agárrate bien fuerte, curva mía.

Una copa con un jugo encendido,  caricia misericordiosa. Todo lo desnudas hasta el límite de mis fuerzas. 

En el agua corremos libres.

Traigo en los ojos un lago sepultado.

Suavemente
vas ocultando las palabras y los besos.

Abatido sobre tu pecho un pájaro de azúcar sobre ti canta.
Todo me lo traes a la vida y en tu mesa veo frutas.

Desnuda como pez en el agua,
pinto todos estos versos en la pared de tu cuarto.

Duermo.


viernes, octubre 03, 2014

y yo me deshago, me excomulgan de ti

una niña
que ya no reconoces

y me excomulgan de ti


el día promete silencio
 
y me excomulgan de ti

lunes, septiembre 29, 2014

Caída abstracta.

asciendes a mi última pestaña negra
encerando sueños
trasladas mi rigidez al vocablo

mi curva
prende la hoja

la alfombra
se arruga
se desgrana
toca lo abstracto de mi caída
vence mi fin

humea desnudo el hueso
en la austeridad
en este amor

dos manos ríen
dos manos cantan

huella eufórica
para el cajón del cuerpo

para ti
para mi

martes, septiembre 16, 2014

¡Acostúmbrate, amor!


Deberías airearte un poco, lo sé. Te tengo aquí metido en esta casa de muñecas de tía Ignacia. Pero temo que te dañes si te despego el esparadrapo de la boca, o desatar tus manos. Recuerda el incidente con Boby, el doberman del vecino. ¡Que mal rato pasamos para sacarte de sus fauces!
Tío Miguel fue feliz en esa casa, le gustaba desayunar en el mini-juego de café, y  se nadaba sus lagos en el cenicero que le poníamos en el porche. Lo que no quiero, mi vida, es perderte.  Me gusta tu mirada de odio cuando duermo.



** Ejercicio con la frase inicial del concurso de Relatos en cadena de cadena SER:

“Deberías airearte un poco”. 

Esta mañana.


... Sentirse vestido es, en cierto modo, acabar de despertarse. Ayuda a ayudarse, a desalojar la inseguridad, a ser. Uno se siente vestido y se halla listo para gobernar la mirada, para encerrarse en uno o para salir de uno, para agonizar irremediablemente o para estallar en la rutina. Percibe cómo la sangre reconoce su mundo y corre y vive. Y uno se siente vivir al ritmo de la sangre: aunque parezca mentira, uno se siente vivir al ritmo de la propia sangre.

-extracto del libro-


viernes, junio 20, 2014

Hechizo.



De su cintura se colgaba la noche. Arropada de ternuras, se ponía su traje de mujer fatal. Quiso ser para él lucha y fiebre, abrazo y empuje; pero la redondez lunar, la poseía en un bucle constante.

jueves, junio 12, 2014

Revancha.


Y

mi única
revancha

será

escoltar
tus pasos,

devorar
tus rotos y desaciertos,

ponerte soles,

disfrutar
tu boca.




          Y todo,
               
                absolutamente todo,



escribirlo.


miércoles, mayo 14, 2014

Imprudencias.


Se ha vuelto
suave

y dormida,

  
      lunática,



 también,

             irremediablemente inversa.



Así que, no quieras su coraza de corcho.



                  No descalces sus imprudencias. 


miércoles, abril 30, 2014

Las mujeres que hay en mi - Maria de la Pau Janer

... un mordisquito del libro

Mi abuelo tenía los huesos y el corazón de cristal. Los huesos le anunciaban el mal tiempo, cuándo iban a venir vientos y lluvias. El corazón llevaba años callando, temeroso por romperse en cualquier movimiento. Lo adiviné observando sus gestos de hombre miedoso que sabe hasta qué extremo la vida duele. Aquella existencia, que se había imaginado generosa cuando era un médico joven en Andratx, mientras cortejaba a Sofía Riba, pero que muy pronto descubrió que era adversa. Lo he imaginado a menudo: hay dolores que son punzadas. Nos deshojan la piel como si fuéramos las ramas de un árbol en primavera, hasta que no queda más que el esqueleto del árbol florido. Suelen ser hirientes y rápidos. La intensidad es proporcional a lo que dura: a más breves, más intensos. Tras el aguijón inicial mueren, y dejan un recuerdo poco grato. Hay otros dolores que tienen ritmos larguísimos. Se instalan en nuestro cuerpo y lo transforman. Llegan a confundirse con el aliento, con las huellas que marcan el suelo, con nuestra sombra. Cuando el dolor alcanza nuestra sombra, todo es inútil. No valen esfuerzos para vencerlo, porque tan sólo sabremos enmascararlo. Daremos con un disfraz que nos ayude a convivir con él, que permita que paseemos por las calles sin llamar mucho la atención, que tengamos un aspecto vulgar, que nadie pueda confundirnos.
La sombra del abuelo había perdido la mesura. Lo intuí desde muy pequeña, cuando lo veía recorrer los jardines de La Casa de Albarca, y la sombra se extendía en el suelo, proyectándose en la fachada del edificio. Era más larga que la de los cipreses. Oscura como la noche. Acostumbraba a dar paseos con las dos mujeres que viven con nosotros, aunque nunca las vemos. Trasladaron los cuadros a mi habitación cuando el abuelo se volvió a casar. Antes, ocupaban un lugar en la sala principal. A pesar de que nunca me hablaba de ellas, noté que echaba de menos las pinturas. Era la añoranza de no verlas muchas veces lo que debía de entristecerle. Fue entonces cuando lo adiviné. Supe que la pena le prolongaba la sombra. Volvía sus manos de pianista, aunque no tuviera un piano.
Los domingos eran días sagrados. Habíamos establecido un acuerdo que nunca formulamos con palabras, pero que los dos entendíamos. A primera hora de la mañana, la abuela Margarita va a misa. Se lleva un misal y un abrigo que le cubre sus hombros menudos, porque es friolera. A veces he pensado que debe de encontrarse más cómoda en la iglesia. En casa, vivimos demasiada gente. No es que los fantasmas de mis madres o yo misma nos hayamos propuesto interferir en el matrimonio del abuelo. Es una relación lo suficientemente calmada para que nadie se imagine la posibilidad de entorpecerla. Al abuelo debe de servirle de consuelo la presencia de esta mujer de pocas palabras y aspecto sereno. Sobre todo, desde que yo voy a la universidad, desde que los cuadros están colgados en mi habitación, lejos del paisaje cotidiano. Sé que se le rompió su corazón de cristal, cuando tuvimos que cambiarlos de lugar. Aunque quiso disimularlo, yo me daba cuenta de sus trozos hechos añicos. Me imaginaba las aristas, y pensaba que debían de hacerle daño. Por eso se lo pregunté.
—Lamentas que tengamos que llevar los retratos a mi cuarto, ¿verdad?
—Sí. Un poco.
—No seas mentiroso. Conmigo no hace falta que disimules. Ayer me lo dijiste y por la noche soñé que el corazón se te hacía añicos. Creo que lo tienes de cristal.
—Mi corazón sigue en su lugar. Ha soportado muchos embates del mundo, para que se rompa ahora. Además, podré ir a tu habitación de vez en cuando. ¿No es así?
—Siempre que quieras. ¿Has pensado que ahora me harán compañía a mí?
—Claro. La mejor compañía del mundo.
No volvimos a hablar de ello. En la pared de la sala, quedó la marca de los cuadros. Eran dos sombras rectangulares que indicaban que había habido algún cambio. El abuelo se negó a darle una capa de pintura y nos acostumbramos a vivir con aquellos perfiles que nos las recordaban.
Los domingos el abuelo iba un rato a mi habitación a mirar los retratos. Nunca faltaba a la cita. Cuando la abuela Margarita pasaba el cerrojo de la verja, oía los pasos impacientes por el pasillo. Era como una criatura que corre tras la promesa de un regalo, pero que pretende, a la vez, retener la impaciencia. Como nunca había sido un artista del disimulo, se le notaban las ganas, una impaciencia que era de color verde. La impaciencia se parece a la hierba que crece en un jardín del que nadie cuida. Si un día nos apresuramos a arrancarla y limpiamos la tierra de brotes inoportunos, nos damos cuenta de que tiene las raíces profundas. Su inquietud era profunda como los hierbajos que ha alimentado la lluvia. Después de cuatro gotas, volvía a crecer, reforzadas las raíces por la llovizna.
Se sentaba en una mecedora, que estaba situada en una posición estratégica y que le permitía observar los dos cuadros a la vez. Desde la ventana, la luz entraba como un reguero de sol. Invadía el aire de partículas minúsculas que acentuaban la presencia del polvillo atravesado por el sol, de los muebles que adquirían un aspecto más amable, de los rostros de los retratos. A veces, me escondía tras él para observar aquella contemplación. Tengo que reconocer que no me resultaba muy difícil, porque ni siquiera se daba cuenta. Tampoco creo que le importase mucho. Lo único que contaba era la avidez de minutos para mirar. Las ganas de ver dos rostros que se sabía de memoria, pero que siempre le ofrecían matices diferentes. La añoranza no menguaba con los años, ¿quién me había dicho que el tiempo todo lo cura? No debía de ser cierto. Las estaciones y sus ciclos sirven para calmar ciertas prisas, algunas inquietudes, la impaciencia del corazón, pero no pueden doblegar a la añoranza. Parecía una escultura, siempre en una posición idéntica: la espalda un poco inclinada, la frente levantada con los ojos empequeñecidos, rodeados de arrugas, los brazos reposando en las piernas, las manos una sobre otra, las palmas hacia arriba. Yo sólo tenía que esperar un poco. Pasaba lentamente la mañana, mientras el calor adquiría intensidades insospechadas. Me gustaba aquella sensación de bañarme en la luz, como si la claridad fuese agua. Transcurrían los minutos sin palabras ni gestos. Entonces caía una gota redonda. Seguía su trayecto en vertical hasta llegar a la cuenca de las manos del abuelo, que no se inmutaba por nada. Era una lágrima de agua y de luz. Otra, aún más redonda, quizá más salada, seguía a la primera. En las palmas, caía una lluvia pequeña y lenta que nunca duraba mucho.
Hay casas llenas de historias. Historias que tendrían muchas letras si se pudieran escribir, que ocuparían miles de hojas. A veces, los amigos de la facultad me invitan a su casa. Los pisos en donde viven me dan la impresión de unpapel en blanco. Son cómodos y tranquilos: las habitaciones recién construidas se alinean en un pasillo. Está el recibidor, los dormitorios, la sala del comedor. Todo calculado, mesurable y previsible. No hay ventanas que se abran de par en par con el viento, ni puertas que golpeen. En verano, un aparato de aire acondicionado regula la temperatura. En invierno, la calefacción vuelve acogedores los distintos espacios. En estos lugares en los que nunca se producen sorpresas, me acuerdo de La Casa de Albarca. Evoco sus escondrijos, los sitios secretos en donde me escondía cuando era una cría, las escaleras que se multiplican, las salas que tienen los techos altos, las paredes gruesas. Entonces me siento afortunada de vivir ahí y no me cambiaría por nadie. Comprendo que he tenido la suerte de nacer en una casa que tiene muchas historias. ¿Cuánta gente ha vivido en ella antes que nosotros? ¿Con qué otros fantasmas, quizá olvidados para todo el mundo, debían de encontrarse los fantasmas de mis madres? ¿Cuántas emociones se han sentido, cuántas conversaciones han dejado un rastro? Cuando alguien muere, jamás se va del todo. Lo aprendí observando los retratos. Se trata de una huida aparente que puede ser definitiva si no queda nadie en la tierra que quiera recordarte. Mis madres tienen personas que piensan en ellas a menudo. Mejor dicho: tienen personas que han aceptado convivir con ellas. Al menos esto es lo que decidimos mi abuelo y yo, aunque no nos lo hayamos dicho, porque nos avergüenza un poco reconocerlo.
Sofía y Elisa nos contemplan desde la altivez de sus veinte años. Para nosotros pasan los días, ruedan las primaveras de invierno y las primaveras de verano, el abuelo envejece, yo me convierto en una mujer adulta que va a la universidad, ellas nos contemplan sin inmutarse. Sofía, con su sonrisa de pan tierno; Elisa, con unos ojos que ocultan el secreto de su muerte. De esto tampoco hablaremos. Haysentimientos que se guardan en un recodo de la casa, que llega a tener tantos que incluso perdemos la cuenta, y ya no sabemos en qué agujero de la pared escondimos el primer diente de leche, ni en qué baúl ocultamos el secreto de una muerte. Poco a poco nos vamos haciendo a medida de la casa. Nos adaptamos a cada rincón, tomamos la forma de los techos, reconocemos el dibujo de las baldosas y el trazado geométrico de las alfombras.
Esta casa ha sido siempre mi refugio. Las salas me hablan de los días perdidos, cuando yo aún no estaba. La cocina me trae los olores de las confituras que preparaba la abuela Sofía, aunque nunca haya tenido la oportunidad de probarlas. Las terrazas continúan repletas de enredaderas que sacan flor, cuando llega el buen tiempo. Todo parece quieto y, a la vez, han latido muchas vidas. La habitación donde me escondía de pequeña, cuando no me había portado bien y me castigaban a ir a la cama sin cenar, hoy es el escondrijo en donde reposan los cuadros. Me gusta que estén ahí. Antes siempre los veía de paso. Eran dos presencias constantes, alrededor de las que se movía la vida entre aquellas paredes, pero no me resultaban próximas. Me acuerdo de que, cuando jugaba a correr entre los muebles, las criadas las señalaban con un dedo y yo recuperaba la compostura en seguida, temerosa de algún castigo secreto que pudiera venir de las mujeres de los retratos. Era suficiente con un movimiento de brazo que subrayara su presencia, para que me encogiera como un ratón y volviera a ser una niña buena. Desde que duermo a su lado, me he podido reconciliar. La relación está hecha de una mezcla de sentimientos: por una parte el respeto y el temor que se juntan, por otra, la fascinación que siempre me han inspirado convertida en algo más próximo. Las visitas del abuelo los domingos han ayudado a ello. Cuando las contempla con mirada cómplice, me siento cómplice yo también. Primero de él, de este hombre que oculta la añoranza como si fuera algo malo de lo que tuviera que avergonzarse; después de ellas, que lo observan sin poder hacer nada.
A veces, el abuelo eleva el pensamiento y permite que las palabras salgan de sus labios. Yo las recibo como si fueran un vino sabroso, cálido, que me repone a medida que voy bebiendo. Entonces habla de Sofía, la novia impaciente, la mujer que le abrazaba, risueña, entre las sábanas. También toman forma de palabras sus recuerdos de Elisa, mi madre, y se refiere a su carácter independiente, decidido. Nunca dice que estén muertas, a pesar de que los verbos que utiliza para evocarlas se conjuguen siempre en pasado. Algún día he conseguido romper el silencio y hacerle preguntas:
—Abuelo, ¿te gusta recordarlas?
—Dicen que no es bueno vivir de recuerdos. Pensar demasiado en los que ya no están. Pero, hija, yo debo de estar hecho de otra pasta. A mí, me alimentan los recuerdos.


lunes, abril 28, 2014

Mar adentro.



Quería ahogar todos sus miedos. Mordisquearlos por los huesos, y desecharlos en el olvido. 
Se estiró, se maquilló la sonrisa, y salió a nadar mar adentro con su media aleta bajo el brazo.


domingo, abril 27, 2014

El beso.



Corría a zancadas por su propio interior, investigando que la había llevado a querer matarse. Ese impulso por quererlo tener todo escondido en su corazón, la ataba de tal manera, que le daba miedo mirar su reflejo.
Verse tan desierta e inhóspita la horrorizaba. Tapó ventanas, espejos, y todo en lo que podría reflejarse su rostro. Pero seguía viéndose a través de sus actos, de sus manos, en todo lo que creaba. Solo cuando él la besaba al llegar, se le ordenaba la casa. La ordenaba a ella. 

martes, abril 22, 2014

A veces imagino morir.






A veces imagino morir,
pero al verte,
el aliento sube desde mi centro,
hasta la boca.

Mis piernas corren a ti, 
pero se atolondran en cada tropiezo.

Te abrazo.

       Me sostienes.


Y de nuevo,


      imagino morir.


miércoles, abril 16, 2014

MIEDO






Todo cae sobre mí. Intento moverme, pero el peso de tu silencio presiona en el centro de mi ombligo. Me cose a la cama, y a los versos que te escribo. Todo en vano. Porque temes mirarme las letras. Por si te amo demasiado.