Corría a zancadas por su propio interior, investigando que la había
llevado a querer matarse. Ese impulso por quererlo tener todo escondido en su
corazón, la ataba de tal manera, que le daba miedo mirar su reflejo.
Verse tan desierta e inhóspita la horrorizaba. Tapó
ventanas, espejos, y todo en lo que podría reflejarse su rostro. Pero seguía
viéndose a través de sus actos, de sus manos, en todo lo que creaba. Solo cuando él la besaba al llegar, se le ordenaba la casa.
La ordenaba a ella.
