y yo me deshago,
me excomulgan de ti
una niña
que ya no reconoces
y me excomulgan de ti
el día promete silencio
y me excomulgan de ti
La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada. George Duby
viernes, octubre 03, 2014
lunes, septiembre 29, 2014
Caída abstracta.
asciendes a mi última pestaña negra
encerando sueños
trasladas mi rigidez al vocablo
mi curva
prende la hoja
la alfombra
se arruga
se desgrana
toca lo abstracto de mi caída
vence mi fin
humea desnudo el hueso
en la austeridad
en este amor
dos manos ríen
dos manos cantan
huella eufórica
para el cajón del cuerpo
para ti
para mi
encerando sueños
trasladas mi rigidez al vocablo
mi curva
prende la hoja
la alfombra
se arruga
se desgrana
toca lo abstracto de mi caída
vence mi fin
humea desnudo el hueso
en la austeridad
en este amor
dos manos ríen
dos manos cantan
huella eufórica
para el cajón del cuerpo
para ti
para mi
martes, septiembre 16, 2014
¡Acostúmbrate, amor!
Deberías airearte un poco, lo sé. Te tengo aquí metido en esta
casa de muñecas de tía Ignacia. Pero temo que te dañes si te despego el
esparadrapo de la boca, o desatar tus manos. Recuerda el incidente con Boby, el
doberman del vecino. ¡Que mal rato pasamos para sacarte de sus fauces!
Tío Miguel fue feliz en esa casa, le gustaba desayunar en el mini-juego de café, y se nadaba sus lagos en el cenicero que le poníamos en el porche. Lo que no quiero, mi vida, es perderte. Me gusta tu mirada de odio cuando duermo.
Tío Miguel fue feliz en esa casa, le gustaba desayunar en el mini-juego de café, y se nadaba sus lagos en el cenicero que le poníamos en el porche. Lo que no quiero, mi vida, es perderte. Me gusta tu mirada de odio cuando duermo.
** Ejercicio con la frase inicial del concurso de Relatos en
cadena de cadena SER:
“Deberías airearte un poco”.
Esta mañana.
... Sentirse vestido es, en cierto modo, acabar de despertarse. Ayuda a ayudarse, a desalojar la inseguridad, a ser. Uno se siente vestido y se halla listo para gobernar la mirada, para encerrarse en uno o para salir de uno, para agonizar irremediablemente o para estallar en la rutina. Percibe cómo la sangre reconoce su mundo y corre y vive. Y uno se siente vivir al ritmo de la sangre: aunque parezca mentira, uno se siente vivir al ritmo de la propia sangre.
-extracto del libro-
viernes, junio 20, 2014
Hechizo.
De su cintura se colgaba la noche. Arropada de ternuras, se ponía su traje de mujer fatal. Quiso ser para él lucha y fiebre, abrazo y empuje; pero la redondez lunar, la poseía en un bucle constante.
jueves, junio 12, 2014
Revancha.
Y
mi única
revancha
será
escoltar
tus pasos,
devorar
tus rotos y desaciertos,
ponerte soles,
disfrutar
tu boca.
Y todo,
absolutamente todo,
escribirlo.
miércoles, mayo 14, 2014
Imprudencias.
Se ha vuelto
suave
y dormida,
lunática,
irremediablemente inversa.
Así que, no quieras su coraza de
corcho.
No descalces sus
imprudencias.
miércoles, abril 30, 2014
Las mujeres que hay en mi - Maria de la Pau Janer
... un mordisquito del libro
Mi abuelo tenía los huesos y el corazón de cristal. Los huesos le anunciaban el mal tiempo, cuándo iban a venir vientos y lluvias. El corazón llevaba años callando, temeroso por romperse en cualquier movimiento. Lo adiviné observando sus gestos de hombre miedoso que sabe hasta qué extremo la vida duele. Aquella existencia, que se había imaginado generosa cuando era un médico joven en Andratx, mientras cortejaba a Sofía Riba, pero que muy pronto descubrió que era adversa. Lo he imaginado a menudo: hay dolores que son punzadas. Nos deshojan la piel como si fuéramos las ramas de un árbol en primavera, hasta que no queda más que el esqueleto del árbol florido. Suelen ser hirientes y rápidos. La intensidad es proporcional a lo que dura: a más breves, más intensos. Tras el aguijón inicial mueren, y dejan un recuerdo poco grato. Hay otros dolores que tienen ritmos larguísimos. Se instalan en nuestro cuerpo y lo transforman. Llegan a confundirse con el aliento, con las huellas que marcan el suelo, con nuestra sombra. Cuando el dolor alcanza nuestra sombra, todo es inútil. No valen esfuerzos para vencerlo, porque tan sólo sabremos enmascararlo. Daremos con un disfraz que nos ayude a convivir con él, que permita que paseemos por las calles sin llamar mucho la atención, que tengamos un aspecto vulgar, que nadie pueda confundirnos.
La sombra del abuelo había perdido la mesura. Lo intuí desde muy pequeña, cuando lo veía recorrer los jardines de La Casa de Albarca, y la sombra se extendía en el suelo, proyectándose en la fachada del edificio. Era más larga que la de los cipreses. Oscura como la noche. Acostumbraba a dar paseos con las dos mujeres que viven con nosotros, aunque nunca las vemos. Trasladaron los cuadros a mi habitación cuando el abuelo se volvió a casar. Antes, ocupaban un lugar en la sala principal. A pesar de que nunca me hablaba de ellas, noté que echaba de menos las pinturas. Era la añoranza de no verlas muchas veces lo que debía de entristecerle. Fue entonces cuando lo adiviné. Supe que la pena le prolongaba la sombra. Volvía sus manos de pianista, aunque no tuviera un piano.
Los domingos eran días sagrados. Habíamos establecido un acuerdo que nunca formulamos con palabras, pero que los dos entendíamos. A primera hora de la mañana, la abuela Margarita va a misa. Se lleva un misal y un abrigo que le cubre sus hombros menudos, porque es friolera. A veces he pensado que debe de encontrarse más cómoda en la iglesia. En casa, vivimos demasiada gente. No es que los fantasmas de mis madres o yo misma nos hayamos propuesto interferir en el matrimonio del abuelo. Es una relación lo suficientemente calmada para que nadie se imagine la posibilidad de entorpecerla. Al abuelo debe de servirle de consuelo la presencia de esta mujer de pocas palabras y aspecto sereno. Sobre todo, desde que yo voy a la universidad, desde que los cuadros están colgados en mi habitación, lejos del paisaje cotidiano. Sé que se le rompió su corazón de cristal, cuando tuvimos que cambiarlos de lugar. Aunque quiso disimularlo, yo me daba cuenta de sus trozos hechos añicos. Me imaginaba las aristas, y pensaba que debían de hacerle daño. Por eso se lo pregunté.
—Lamentas que tengamos que llevar los retratos a mi cuarto, ¿verdad?
—Sí. Un poco.
—No seas mentiroso. Conmigo no hace falta que disimules. Ayer me lo dijiste y por la noche soñé que el corazón se te hacía añicos. Creo que lo tienes de cristal.
—Mi corazón sigue en su lugar. Ha soportado muchos embates del mundo, para que se rompa ahora. Además, podré ir a tu habitación de vez en cuando. ¿No es así?
—Siempre que quieras. ¿Has pensado que ahora me harán compañía a mí?
—Claro. La mejor compañía del mundo.
No volvimos a hablar de ello. En la pared de la sala, quedó la marca de los cuadros. Eran dos sombras rectangulares que indicaban que había habido algún cambio. El abuelo se negó a darle una capa de pintura y nos acostumbramos a vivir con aquellos perfiles que nos las recordaban.
Los domingos el abuelo iba un rato a mi habitación a mirar los retratos. Nunca faltaba a la cita. Cuando la abuela Margarita pasaba el cerrojo de la verja, oía los pasos impacientes por el pasillo. Era como una criatura que corre tras la promesa de un regalo, pero que pretende, a la vez, retener la impaciencia. Como nunca había sido un artista del disimulo, se le notaban las ganas, una impaciencia que era de color verde. La impaciencia se parece a la hierba que crece en un jardín del que nadie cuida. Si un día nos apresuramos a arrancarla y limpiamos la tierra de brotes inoportunos, nos damos cuenta de que tiene las raíces profundas. Su inquietud era profunda como los hierbajos que ha alimentado la lluvia. Después de cuatro gotas, volvía a crecer, reforzadas las raíces por la llovizna.
Se sentaba en una mecedora, que estaba situada en una posición estratégica y que le permitía observar los dos cuadros a la vez. Desde la ventana, la luz entraba como un reguero de sol. Invadía el aire de partículas minúsculas que acentuaban la presencia del polvillo atravesado por el sol, de los muebles que adquirían un aspecto más amable, de los rostros de los retratos. A veces, me escondía tras él para observar aquella contemplación. Tengo que reconocer que no me resultaba muy difícil, porque ni siquiera se daba cuenta. Tampoco creo que le importase mucho. Lo único que contaba era la avidez de minutos para mirar. Las ganas de ver dos rostros que se sabía de memoria, pero que siempre le ofrecían matices diferentes. La añoranza no menguaba con los años, ¿quién me había dicho que el tiempo todo lo cura? No debía de ser cierto. Las estaciones y sus ciclos sirven para calmar ciertas prisas, algunas inquietudes, la impaciencia del corazón, pero no pueden doblegar a la añoranza. Parecía una escultura, siempre en una posición idéntica: la espalda un poco inclinada, la frente levantada con los ojos empequeñecidos, rodeados de arrugas, los brazos reposando en las piernas, las manos una sobre otra, las palmas hacia arriba. Yo sólo tenía que esperar un poco. Pasaba lentamente la mañana, mientras el calor adquiría intensidades insospechadas. Me gustaba aquella sensación de bañarme en la luz, como si la claridad fuese agua. Transcurrían los minutos sin palabras ni gestos. Entonces caía una gota redonda. Seguía su trayecto en vertical hasta llegar a la cuenca de las manos del abuelo, que no se inmutaba por nada. Era una lágrima de agua y de luz. Otra, aún más redonda, quizá más salada, seguía a la primera. En las palmas, caía una lluvia pequeña y lenta que nunca duraba mucho.
Hay casas llenas de historias. Historias que tendrían muchas letras si se pudieran escribir, que ocuparían miles de hojas. A veces, los amigos de la facultad me invitan a su casa. Los pisos en donde viven me dan la impresión de unpapel en blanco. Son cómodos y tranquilos: las habitaciones recién construidas se alinean en un pasillo. Está el recibidor, los dormitorios, la sala del comedor. Todo calculado, mesurable y previsible. No hay ventanas que se abran de par en par con el viento, ni puertas que golpeen. En verano, un aparato de aire acondicionado regula la temperatura. En invierno, la calefacción vuelve acogedores los distintos espacios. En estos lugares en los que nunca se producen sorpresas, me acuerdo de La Casa de Albarca. Evoco sus escondrijos, los sitios secretos en donde me escondía cuando era una cría, las escaleras que se multiplican, las salas que tienen los techos altos, las paredes gruesas. Entonces me siento afortunada de vivir ahí y no me cambiaría por nadie. Comprendo que he tenido la suerte de nacer en una casa que tiene muchas historias. ¿Cuánta gente ha vivido en ella antes que nosotros? ¿Con qué otros fantasmas, quizá olvidados para todo el mundo, debían de encontrarse los fantasmas de mis madres? ¿Cuántas emociones se han sentido, cuántas conversaciones han dejado un rastro? Cuando alguien muere, jamás se va del todo. Lo aprendí observando los retratos. Se trata de una huida aparente que puede ser definitiva si no queda nadie en la tierra que quiera recordarte. Mis madres tienen personas que piensan en ellas a menudo. Mejor dicho: tienen personas que han aceptado convivir con ellas. Al menos esto es lo que decidimos mi abuelo y yo, aunque no nos lo hayamos dicho, porque nos avergüenza un poco reconocerlo.
Sofía y Elisa nos contemplan desde la altivez de sus veinte años. Para nosotros pasan los días, ruedan las primaveras de invierno y las primaveras de verano, el abuelo envejece, yo me convierto en una mujer adulta que va a la universidad, ellas nos contemplan sin inmutarse. Sofía, con su sonrisa de pan tierno; Elisa, con unos ojos que ocultan el secreto de su muerte. De esto tampoco hablaremos. Haysentimientos que se guardan en un recodo de la casa, que llega a tener tantos que incluso perdemos la cuenta, y ya no sabemos en qué agujero de la pared escondimos el primer diente de leche, ni en qué baúl ocultamos el secreto de una muerte. Poco a poco nos vamos haciendo a medida de la casa. Nos adaptamos a cada rincón, tomamos la forma de los techos, reconocemos el dibujo de las baldosas y el trazado geométrico de las alfombras.
Esta casa ha sido siempre mi refugio. Las salas me hablan de los días perdidos, cuando yo aún no estaba. La cocina me trae los olores de las confituras que preparaba la abuela Sofía, aunque nunca haya tenido la oportunidad de probarlas. Las terrazas continúan repletas de enredaderas que sacan flor, cuando llega el buen tiempo. Todo parece quieto y, a la vez, han latido muchas vidas. La habitación donde me escondía de pequeña, cuando no me había portado bien y me castigaban a ir a la cama sin cenar, hoy es el escondrijo en donde reposan los cuadros. Me gusta que estén ahí. Antes siempre los veía de paso. Eran dos presencias constantes, alrededor de las que se movía la vida entre aquellas paredes, pero no me resultaban próximas. Me acuerdo de que, cuando jugaba a correr entre los muebles, las criadas las señalaban con un dedo y yo recuperaba la compostura en seguida, temerosa de algún castigo secreto que pudiera venir de las mujeres de los retratos. Era suficiente con un movimiento de brazo que subrayara su presencia, para que me encogiera como un ratón y volviera a ser una niña buena. Desde que duermo a su lado, me he podido reconciliar. La relación está hecha de una mezcla de sentimientos: por una parte el respeto y el temor que se juntan, por otra, la fascinación que siempre me han inspirado convertida en algo más próximo. Las visitas del abuelo los domingos han ayudado a ello. Cuando las contempla con mirada cómplice, me siento cómplice yo también. Primero de él, de este hombre que oculta la añoranza como si fuera algo malo de lo que tuviera que avergonzarse; después de ellas, que lo observan sin poder hacer nada.
A veces, el abuelo eleva el pensamiento y permite que las palabras salgan de sus labios. Yo las recibo como si fueran un vino sabroso, cálido, que me repone a medida que voy bebiendo. Entonces habla de Sofía, la novia impaciente, la mujer que le abrazaba, risueña, entre las sábanas. También toman forma de palabras sus recuerdos de Elisa, mi madre, y se refiere a su carácter independiente, decidido. Nunca dice que estén muertas, a pesar de que los verbos que utiliza para evocarlas se conjuguen siempre en pasado. Algún día he conseguido romper el silencio y hacerle preguntas:
—Abuelo, ¿te gusta recordarlas?
—Dicen que no es bueno vivir de recuerdos. Pensar demasiado en los que ya no están. Pero, hija, yo debo de estar hecho de otra pasta. A mí, me alimentan los recuerdos.
Mi abuelo tenía los huesos y el corazón de cristal. Los huesos le anunciaban el mal tiempo, cuándo iban a venir vientos y lluvias. El corazón llevaba años callando, temeroso por romperse en cualquier movimiento. Lo adiviné observando sus gestos de hombre miedoso que sabe hasta qué extremo la vida duele. Aquella existencia, que se había imaginado generosa cuando era un médico joven en Andratx, mientras cortejaba a Sofía Riba, pero que muy pronto descubrió que era adversa. Lo he imaginado a menudo: hay dolores que son punzadas. Nos deshojan la piel como si fuéramos las ramas de un árbol en primavera, hasta que no queda más que el esqueleto del árbol florido. Suelen ser hirientes y rápidos. La intensidad es proporcional a lo que dura: a más breves, más intensos. Tras el aguijón inicial mueren, y dejan un recuerdo poco grato. Hay otros dolores que tienen ritmos larguísimos. Se instalan en nuestro cuerpo y lo transforman. Llegan a confundirse con el aliento, con las huellas que marcan el suelo, con nuestra sombra. Cuando el dolor alcanza nuestra sombra, todo es inútil. No valen esfuerzos para vencerlo, porque tan sólo sabremos enmascararlo. Daremos con un disfraz que nos ayude a convivir con él, que permita que paseemos por las calles sin llamar mucho la atención, que tengamos un aspecto vulgar, que nadie pueda confundirnos.
La sombra del abuelo había perdido la mesura. Lo intuí desde muy pequeña, cuando lo veía recorrer los jardines de La Casa de Albarca, y la sombra se extendía en el suelo, proyectándose en la fachada del edificio. Era más larga que la de los cipreses. Oscura como la noche. Acostumbraba a dar paseos con las dos mujeres que viven con nosotros, aunque nunca las vemos. Trasladaron los cuadros a mi habitación cuando el abuelo se volvió a casar. Antes, ocupaban un lugar en la sala principal. A pesar de que nunca me hablaba de ellas, noté que echaba de menos las pinturas. Era la añoranza de no verlas muchas veces lo que debía de entristecerle. Fue entonces cuando lo adiviné. Supe que la pena le prolongaba la sombra. Volvía sus manos de pianista, aunque no tuviera un piano.
Los domingos eran días sagrados. Habíamos establecido un acuerdo que nunca formulamos con palabras, pero que los dos entendíamos. A primera hora de la mañana, la abuela Margarita va a misa. Se lleva un misal y un abrigo que le cubre sus hombros menudos, porque es friolera. A veces he pensado que debe de encontrarse más cómoda en la iglesia. En casa, vivimos demasiada gente. No es que los fantasmas de mis madres o yo misma nos hayamos propuesto interferir en el matrimonio del abuelo. Es una relación lo suficientemente calmada para que nadie se imagine la posibilidad de entorpecerla. Al abuelo debe de servirle de consuelo la presencia de esta mujer de pocas palabras y aspecto sereno. Sobre todo, desde que yo voy a la universidad, desde que los cuadros están colgados en mi habitación, lejos del paisaje cotidiano. Sé que se le rompió su corazón de cristal, cuando tuvimos que cambiarlos de lugar. Aunque quiso disimularlo, yo me daba cuenta de sus trozos hechos añicos. Me imaginaba las aristas, y pensaba que debían de hacerle daño. Por eso se lo pregunté.
—Lamentas que tengamos que llevar los retratos a mi cuarto, ¿verdad?
—Sí. Un poco.
—No seas mentiroso. Conmigo no hace falta que disimules. Ayer me lo dijiste y por la noche soñé que el corazón se te hacía añicos. Creo que lo tienes de cristal.
—Mi corazón sigue en su lugar. Ha soportado muchos embates del mundo, para que se rompa ahora. Además, podré ir a tu habitación de vez en cuando. ¿No es así?
—Siempre que quieras. ¿Has pensado que ahora me harán compañía a mí?
—Claro. La mejor compañía del mundo.
No volvimos a hablar de ello. En la pared de la sala, quedó la marca de los cuadros. Eran dos sombras rectangulares que indicaban que había habido algún cambio. El abuelo se negó a darle una capa de pintura y nos acostumbramos a vivir con aquellos perfiles que nos las recordaban.
Los domingos el abuelo iba un rato a mi habitación a mirar los retratos. Nunca faltaba a la cita. Cuando la abuela Margarita pasaba el cerrojo de la verja, oía los pasos impacientes por el pasillo. Era como una criatura que corre tras la promesa de un regalo, pero que pretende, a la vez, retener la impaciencia. Como nunca había sido un artista del disimulo, se le notaban las ganas, una impaciencia que era de color verde. La impaciencia se parece a la hierba que crece en un jardín del que nadie cuida. Si un día nos apresuramos a arrancarla y limpiamos la tierra de brotes inoportunos, nos damos cuenta de que tiene las raíces profundas. Su inquietud era profunda como los hierbajos que ha alimentado la lluvia. Después de cuatro gotas, volvía a crecer, reforzadas las raíces por la llovizna.
Se sentaba en una mecedora, que estaba situada en una posición estratégica y que le permitía observar los dos cuadros a la vez. Desde la ventana, la luz entraba como un reguero de sol. Invadía el aire de partículas minúsculas que acentuaban la presencia del polvillo atravesado por el sol, de los muebles que adquirían un aspecto más amable, de los rostros de los retratos. A veces, me escondía tras él para observar aquella contemplación. Tengo que reconocer que no me resultaba muy difícil, porque ni siquiera se daba cuenta. Tampoco creo que le importase mucho. Lo único que contaba era la avidez de minutos para mirar. Las ganas de ver dos rostros que se sabía de memoria, pero que siempre le ofrecían matices diferentes. La añoranza no menguaba con los años, ¿quién me había dicho que el tiempo todo lo cura? No debía de ser cierto. Las estaciones y sus ciclos sirven para calmar ciertas prisas, algunas inquietudes, la impaciencia del corazón, pero no pueden doblegar a la añoranza. Parecía una escultura, siempre en una posición idéntica: la espalda un poco inclinada, la frente levantada con los ojos empequeñecidos, rodeados de arrugas, los brazos reposando en las piernas, las manos una sobre otra, las palmas hacia arriba. Yo sólo tenía que esperar un poco. Pasaba lentamente la mañana, mientras el calor adquiría intensidades insospechadas. Me gustaba aquella sensación de bañarme en la luz, como si la claridad fuese agua. Transcurrían los minutos sin palabras ni gestos. Entonces caía una gota redonda. Seguía su trayecto en vertical hasta llegar a la cuenca de las manos del abuelo, que no se inmutaba por nada. Era una lágrima de agua y de luz. Otra, aún más redonda, quizá más salada, seguía a la primera. En las palmas, caía una lluvia pequeña y lenta que nunca duraba mucho.
Hay casas llenas de historias. Historias que tendrían muchas letras si se pudieran escribir, que ocuparían miles de hojas. A veces, los amigos de la facultad me invitan a su casa. Los pisos en donde viven me dan la impresión de unpapel en blanco. Son cómodos y tranquilos: las habitaciones recién construidas se alinean en un pasillo. Está el recibidor, los dormitorios, la sala del comedor. Todo calculado, mesurable y previsible. No hay ventanas que se abran de par en par con el viento, ni puertas que golpeen. En verano, un aparato de aire acondicionado regula la temperatura. En invierno, la calefacción vuelve acogedores los distintos espacios. En estos lugares en los que nunca se producen sorpresas, me acuerdo de La Casa de Albarca. Evoco sus escondrijos, los sitios secretos en donde me escondía cuando era una cría, las escaleras que se multiplican, las salas que tienen los techos altos, las paredes gruesas. Entonces me siento afortunada de vivir ahí y no me cambiaría por nadie. Comprendo que he tenido la suerte de nacer en una casa que tiene muchas historias. ¿Cuánta gente ha vivido en ella antes que nosotros? ¿Con qué otros fantasmas, quizá olvidados para todo el mundo, debían de encontrarse los fantasmas de mis madres? ¿Cuántas emociones se han sentido, cuántas conversaciones han dejado un rastro? Cuando alguien muere, jamás se va del todo. Lo aprendí observando los retratos. Se trata de una huida aparente que puede ser definitiva si no queda nadie en la tierra que quiera recordarte. Mis madres tienen personas que piensan en ellas a menudo. Mejor dicho: tienen personas que han aceptado convivir con ellas. Al menos esto es lo que decidimos mi abuelo y yo, aunque no nos lo hayamos dicho, porque nos avergüenza un poco reconocerlo.
Sofía y Elisa nos contemplan desde la altivez de sus veinte años. Para nosotros pasan los días, ruedan las primaveras de invierno y las primaveras de verano, el abuelo envejece, yo me convierto en una mujer adulta que va a la universidad, ellas nos contemplan sin inmutarse. Sofía, con su sonrisa de pan tierno; Elisa, con unos ojos que ocultan el secreto de su muerte. De esto tampoco hablaremos. Haysentimientos que se guardan en un recodo de la casa, que llega a tener tantos que incluso perdemos la cuenta, y ya no sabemos en qué agujero de la pared escondimos el primer diente de leche, ni en qué baúl ocultamos el secreto de una muerte. Poco a poco nos vamos haciendo a medida de la casa. Nos adaptamos a cada rincón, tomamos la forma de los techos, reconocemos el dibujo de las baldosas y el trazado geométrico de las alfombras.
Esta casa ha sido siempre mi refugio. Las salas me hablan de los días perdidos, cuando yo aún no estaba. La cocina me trae los olores de las confituras que preparaba la abuela Sofía, aunque nunca haya tenido la oportunidad de probarlas. Las terrazas continúan repletas de enredaderas que sacan flor, cuando llega el buen tiempo. Todo parece quieto y, a la vez, han latido muchas vidas. La habitación donde me escondía de pequeña, cuando no me había portado bien y me castigaban a ir a la cama sin cenar, hoy es el escondrijo en donde reposan los cuadros. Me gusta que estén ahí. Antes siempre los veía de paso. Eran dos presencias constantes, alrededor de las que se movía la vida entre aquellas paredes, pero no me resultaban próximas. Me acuerdo de que, cuando jugaba a correr entre los muebles, las criadas las señalaban con un dedo y yo recuperaba la compostura en seguida, temerosa de algún castigo secreto que pudiera venir de las mujeres de los retratos. Era suficiente con un movimiento de brazo que subrayara su presencia, para que me encogiera como un ratón y volviera a ser una niña buena. Desde que duermo a su lado, me he podido reconciliar. La relación está hecha de una mezcla de sentimientos: por una parte el respeto y el temor que se juntan, por otra, la fascinación que siempre me han inspirado convertida en algo más próximo. Las visitas del abuelo los domingos han ayudado a ello. Cuando las contempla con mirada cómplice, me siento cómplice yo también. Primero de él, de este hombre que oculta la añoranza como si fuera algo malo de lo que tuviera que avergonzarse; después de ellas, que lo observan sin poder hacer nada.
A veces, el abuelo eleva el pensamiento y permite que las palabras salgan de sus labios. Yo las recibo como si fueran un vino sabroso, cálido, que me repone a medida que voy bebiendo. Entonces habla de Sofía, la novia impaciente, la mujer que le abrazaba, risueña, entre las sábanas. También toman forma de palabras sus recuerdos de Elisa, mi madre, y se refiere a su carácter independiente, decidido. Nunca dice que estén muertas, a pesar de que los verbos que utiliza para evocarlas se conjuguen siempre en pasado. Algún día he conseguido romper el silencio y hacerle preguntas:
—Abuelo, ¿te gusta recordarlas?
—Dicen que no es bueno vivir de recuerdos. Pensar demasiado en los que ya no están. Pero, hija, yo debo de estar hecho de otra pasta. A mí, me alimentan los recuerdos.
lunes, abril 28, 2014
Mar adentro.
Quería ahogar todos sus miedos. Mordisquearlos por los huesos, y desecharlos en el olvido.
Se estiró, se maquilló la sonrisa, y salió a nadar mar adentro con su media aleta bajo el brazo.
domingo, abril 27, 2014
El beso.
Corría a zancadas por su propio interior, investigando que la había
llevado a querer matarse. Ese impulso por quererlo tener todo escondido en su
corazón, la ataba de tal manera, que le daba miedo mirar su reflejo.
Verse tan desierta e inhóspita la horrorizaba. Tapó
ventanas, espejos, y todo en lo que podría reflejarse su rostro. Pero seguía
viéndose a través de sus actos, de sus manos, en todo lo que creaba. Solo cuando él la besaba al llegar, se le ordenaba la casa.
La ordenaba a ella.
martes, abril 22, 2014
A veces imagino morir.
A veces imagino morir,
pero al verte,
el aliento sube desde mi centro,
hasta la boca.
Mis piernas corren a ti,
pero se atolondran en cada tropiezo.
Te abrazo.
Me sostienes.
Y de nuevo,
imagino morir.
imagino morir.
miércoles, abril 16, 2014
MIEDO
Todo cae sobre mí. Intento moverme, pero el peso de tu
silencio presiona en el centro de mi ombligo. Me cose a la cama, y a los versos
que te escribo. Todo en vano. Porque temes mirarme las letras. Por si te amo
demasiado.
viernes, abril 04, 2014
jueves, abril 03, 2014
A la sombra te sientas de las desnudas rocas. Rosalía de Castro
A la sombra te sientas de las desnudas rocas,
y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,
y allí donde las aguas estancadas dormitan
y no hay hermanos seres que interrumpan tus sueños,
¡quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,
cuando con leve paso y contenido aliento,
temblando a que percibas mi agitación extrema,
allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!
—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres
las femeninas almas, los varoniles pechos:
tu fuerza impele al hombre a que busque la hondura
del desencanto amargo y a que remueva el cieno
donde se forman siempre los miasmas infectos.
—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?
¡Ah! No pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;
dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas
y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.
—Pienso en cosas tan tristes a veces y tan negras,
y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,
que... no lo sabrás nunca, porque lo que se ignora
no nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.
Yo te lo digo, niña, a quien de veras amo:
encierra el alma humana tan profundos misterios,
que cuando a nuestros ojos un velo los oculta,
es temeraria empresa descorrer ese velo;
no pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.
—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.
Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces
la pena de saberlo.
y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,
y allí donde las aguas estancadas dormitan
y no hay hermanos seres que interrumpan tus sueños,
¡quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,
cuando con leve paso y contenido aliento,
temblando a que percibas mi agitación extrema,
allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!
—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres
las femeninas almas, los varoniles pechos:
tu fuerza impele al hombre a que busque la hondura
del desencanto amargo y a que remueva el cieno
donde se forman siempre los miasmas infectos.
—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?
¡Ah! No pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;
dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas
y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.
—Pienso en cosas tan tristes a veces y tan negras,
y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,
que... no lo sabrás nunca, porque lo que se ignora
no nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.
Yo te lo digo, niña, a quien de veras amo:
encierra el alma humana tan profundos misterios,
que cuando a nuestros ojos un velo los oculta,
es temeraria empresa descorrer ese velo;
no pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.
—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.
Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces
la pena de saberlo.
jueves, marzo 06, 2014
La marioneta, por Gabriel García Marquez
Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos,
perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen,
Despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan,
y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
Vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol,
dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón,
escribiría mi odio sobre hielo,
y esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh
sobre las estrellas un poema de Benedetti,
y una canción de Serrat sería la serenata
que les ofrecería a la luna.
Regaría con lágrimas las rosas,
para sentir el dolor de sus espinas,
y el encarnado beso de sus pétalo...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos
y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas,
pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres
He aprendido que todo el mundo quiere vivir
en la cima de la montaña,
Sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su pequeño puño,
por vez primera, el dedo de su padre,
lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre
sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes,
pero realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo.
viernes, febrero 14, 2014
¡Óyeme!
¡Oye como sangro!
¡Oye mis escalofríos!
¡Oye mi explosión salada derretida al amarte!
Al gritar,
los cuentos de mi niñez
se vacían sobre mi mesa.
Bailan al son de mi preñez.
Voy a extinguirme,
otra vez
abriendo los ojos,
ordenando mi muerte.
Alargaré mi alma para tocar la tuya.
Como la raíz del árbol
crece bajo el suelo intentando alimentarse de la lluvia.
Como el día pasa a la noche.
Como mi lengua se cuela por tu boca.
Siente mis pies siguiendo tu rastro.
Siente mi vestido, y mis lunares.
Mi zona roja.
Mirarte es preludio de alborotada tempestad.
Mojas el oxígeno de la habitación.
Mojas mi voz
con tu nombre consumiéndose en mi ardor,
con la hermosura de nuestro eterno abrazo.
Identificándonos con las manos.
Solo una vida no me basta, ¡no!
Ni un solo corazón.
Para sembrar todo en un eterno instante
al filo de tu labio.
martes, diciembre 10, 2013
Hasta mi fin.
Detrás de mi espalda
esta tu pecho,
y tras tu pecho estoy yo,
guarecida en esas pestañas.
¿Bajo que olivo nos tumbamos?
Dibujo ansias
en la corteza de mi coraza,
mientras tu recoges mis aromas
con las huellas de tu miel.
Batallamos juntos mis inviernos.
Desnudos.
Libres.
Llorosos.
No, no hay letra en que no muera.
No hay letra que no te pertenezca.
No hay beso mio que no se pose en tus hombros.
¡Porque vivo en ti!
¡Porque te desnudo con mis sombras!
¡Porque eres mío en la riqueza y en la pobreza!
Y yo tuya hasta mi fin.
De blanco,
y con flores en mi pelo.
Y lloro de nuevo.
Yerta.
Sobre tu almohada.
Prendida.
Y con las manos completas.
esta tu pecho,
y tras tu pecho estoy yo,
guarecida en esas pestañas.
¿Bajo que olivo nos tumbamos?
Dibujo ansias
en la corteza de mi coraza,
mientras tu recoges mis aromas
con las huellas de tu miel.
Batallamos juntos mis inviernos.
Desnudos.
Libres.
Llorosos.
No, no hay letra en que no muera.
No hay letra que no te pertenezca.
No hay beso mio que no se pose en tus hombros.
¡Porque vivo en ti!
¡Porque te desnudo con mis sombras!
¡Porque eres mío en la riqueza y en la pobreza!
Y yo tuya hasta mi fin.
De blanco,
y con flores en mi pelo.
Y lloro de nuevo.
Yerta.
Sobre tu almohada.
Prendida.
Y con las manos completas.
martes, diciembre 03, 2013
Solo te pido que me lo cuides.
Me haces un todo de tu voluntad.
Desaparezco
en mil mitades para ti.
¡Apiádese de mi Señor!
Huracanes de marzo
tallas en mi pequeñas líneas.
Solo te pido que me lo cuides.
Que me lo cuides entre algodones.
Que me lo recompongas.
Que crezca,
sano
y loco enamorado.
Besos y mas besos encarcelados en las manos.
Retenidos.
Escribo desde tu belleza,
¡hombre mio!
Desde el volcán de tu ternura.
Quemas.
Desnudas.
jueves, noviembre 21, 2013
Murmuro tu nombre.
Murmuro tu nombre.
Beso tu boca,
tu rostro y tus manos.
¡Te amo!
dices con cálida violencia.
Se desnuda
el lunar de mi barbilla,
y te enredo con mis piernas
y entras.
Entras en mi única verdad.
Entras en mi única verdad.
Murmuro tu nombre.
Encallo en el colchón
bajo tu cuerpo,
bajo tu cuerpo,
bajo tu sombra.
Te miro
con virutas del olor de mi pasión.
Sonríes
lento y callado.
Desaparezco.
Desaparezco en la luz de tu llama.
Desaparezco en la luz de tu llama.
Murmuro tu nombre.
Muerdo la sed
de mis endiabladas ganas.
Giro mis gritos
hacia tu oído.
¡Yo también te amo!
Sollozo.
Sollozo en tu aroma.
Sollozo en tu aroma.
Y murmuro tu nombre.
domingo, noviembre 10, 2013
No soporto no matarme en tu nombre.
Escribe de ese dolor, me dice el amor.
Pero temo
perderme
en mi depresivo laberinto.
Es tan profundo…
tan horriblemente sangrante…
tan intermitente y tan penetrante...
que se me seca la vida
que le digo adiós a todo
que no hay cura.
Que me amputa el bienestar del alma.
No soporto no sentirte en mis ojos.
No soporto no matarme en tu nombre,
papá.
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