Lo peor es que no puedo evitarlo. Es como si mi boca tuviera Wi-Fi propio, y cada pensamiento mío se subiera automáticamente a la nube de quien me escuche.
Si te encuentras conmigo alguna vez, mejor no me preguntes mi nombre, porque terminaré contándote hasta mis lunares. ¡Y no en plan coqueto! No. Te diré que el de la clavícula parece una coma, que el del omóplato apareció en 2006, y que el dermatólogo dice que están bien, pero yo igual los vigilo por si acaso.
Una vez, la vecina, me preguntó cómo estaba, y respondí con un resumen de mi mes, mi nivel de ansiedad, lo que soñé la noche anterior (con jirafas parlantes, por cierto) y una reflexión profunda sobre mi miedo a las abejas. Ahora me evita la pobre mujer. Sube por las escaleras cuando me ve esperando el ascensor aún con su artritis de rodilla. Creo que debería disculparme invitándola a un café. Pero, claro, entonces, acabaría contándole por qué mi café nunca sabe igual que el de las cafeterías.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Imagen y creación de Johan Deckmann..
