Chasqueé los dedos y aquel relámpago quedó ahí colgado en el horizonte. No se movía. No caía. Solo brillaba, suspendido, como si el tiempo mismo hubiera contenido el aliento. Extendí la mano para tocarlo, como quien intenta acariciar un recuerdo. El relámpago titilaba, obediente, como si esperara mis instrucciones.
A veces, creía que era el mundo el que iba muy rápido. Otras, que era yo quien se quedaba atrás. Pero ahí estaba el relámpago, colgado como si fuera una grieta en el cielo. ¡Vaya mierda!
Respiré hondo. Flexioné los dedos.
Si lo había detenido, podía soltarlo. Chasqueé otra vez. El relámpago parpadeó, pero seguía ahí. Frustrada, intenté otra vez.
Miré mis manos, ahora tensas. ¿Acaso mis poderes se habían esfumado? Como ahora no fumo, mis manos ahora huelen a limpio.
Entonces, algo extraño sucedió. En lugar de caer al suelo, comenzó a girar lentamente, como una especie de espiral de luz, cruzando el horizonte con una calma que nunca imaginé posible. Me quedé allí, boquiabierta. No lo había detenido. Tampoco lo había soltado. Lo había transformado en algo completamente diferente. Algo que ya no pertenecía al cielo, sino a ese espacio incierto entre lo que soy y lo que quiero ser.
Ana Marga
4 de abril 2025
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Fotografía de Ekayyne.