Con los pies hundidos en la hierba y la cabeza perdida en aquella nube inesperada, no sabíamos si estaba ocultándose del mundo o si era el mundo quien comenzaba a ocultarse en ella. La otra niña la contemplaba desde el agua, suspendida e invertida, como si hubiera quedado atrapada en una dimensión donde las nubes tenían raíces y los cuerpos podían caer hacia arriba. Todo parecía obedecer a una lógica desconocida: el cielo había descendido, el agua guardaba otro cielo en su profundidad y aquella niña, envuelta en la blancura, parecía habitar ambos lugares al mismo tiempo. Nadie se atrevía a romper el hechizo. Mirábamos en silencio aquel extraño acontecimiento, aquella pequeña alteración de la realidad que, por un instante, convirtió el paisaje en algo inexplicable. Era todo un espectáculo.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
Imagen de Erik Johansson


