lunes, abril 02, 2007

El chapuzas.



Podía pasarse, hora tras hora, en el centro de la barra del bar, consumiendo cervezas y exigiendo platos de aceitunas para acompañarlas. En el pueblo todo el mundo le conocía y sabían que aunque casi siempre iba borracho era un buen hombre que nunca le hizo daño ni a una mosca. De él corren cientos de rumores. Dicen que a su madre le dio una embolia, quedó paralítica y la llevó a una residencia para que la cuidasen. Su hermana se fugó con su novio y nunca más volvió, pero cuentan que al poco tiempo la abandonó para irse con una fulana y se volvió medio loca. De su padre, no se supo nunca nada ni se tiene idea de quién puede ser. De él se sabe también poco. De vez en cuando hace alguna chapuza aquí y allá. Por eso le llaman todos “el chapuzas”. Le venia que ni pintado el nombre, porque todo en su vida era una chapuza. Vivía en una casa casi en ruinas, llena de humedades y sin ninguna comodidad. Siempre iba con una barba de dos días, sucio y sudoroso. Cuando entraba en el bar, se sentaba en la barra, y si había alguien a su lado, se retiraba. Nadie hablaba con él, ni tenían un gesto amable. Nunca faltaba y venía sediento de cerveza, pero un día no apareció. Y la gente me preguntaba extrañada porque no había venido. Es curioso, parecía que todo el mundo le ignoraba. Pero todos le echábamos de menos.
Desapareció sin más. Nadie le vio marcharse, ni se despidió de nadie.
Hace un año que me vine a vivir a Madrid, y le he visto de lejos para mi sorpresa. No parecía él. Iba trajeado y repeinado cogido del brazo de una señora muy acarameladitos. Y ... no sé porqué, pero verle acompañado me ha reconfortado el corazón.