Era divertido verlo subir y caer otra vez al mar. Como si el océano lo arrojara al cielo para después recibirlo con ternura. No era un pez, ni un pájaro, ni un humano exactamente allí arriba. Era él, eso bastaba. Un cuerpo que reía en el aire, con el pelo lleno de espuma, sal y viento. Desde la orilla, yo lo miraba. Estupefacta e incrédula. ¡Aquello era algo imposible; como un milagro! Entraba en el agua como una idea que regresa al sueño. De repente, una de las veces, en medio del griterío y las carcajadas no cayó, y quedó suspendido en el aire. Inmóvil. Mudo. Y el mar comenzaba a borrarse, como hacen los bordes de una imagen cuando está gastada.
Ana Marga
Escrito para El bic naranja: viernes creativos
La imagen es de Adeolu Osibodu.
