Sus manos temblorosas cogieron la taza y el plato. Lentamente los fue llevando hacia su boca. La taza, al chocar con el platillo, producía un tintineo inquietante. Tocó un poco el té con el labio superior para ver si quemaba, comprobó que estaba bien para tomar, y se lo bebió de un solo trago. Intentaba no perder los nervios y la compostura a pesar de las voces, patadas y gritos que provenían de fuera. Venían a por ella.- ¡Dejadme en paz! – gritó tapándose los oídos y balanceándose como un péndulo sentada en su silla.
- ¡Despertaréis a mi niñoooo! – gritó.
Se levantó y fue al canasto que tenía en un rincón. Su cara cambió al ver a su bebé allí dormidito, le colocó el chupete en la boca y le arropó.
Aquellas voces no cesaban y ahora daban patadas a su puerta. ¡Iban a derribarla!. Cogió a su bebé, lo abrazó con fuerza contra su pecho y cogió un cuchillo. De una patada rompieron la puerta y entraron unos seres blancos que la hablaban pero no lograba descifrar su lenguaje. Comenzaron a rodearla y alzó más su arma amenazándolos. De pronto uno de ellos dio unos pasos hacia ella hablándola. Aquella voz la había oído en alguna parte y lo entendía.
- ¡Deja ese cuchillo! ¡Deja ese cuchillo! Mamá, por favor, ¡te harás daño!.- imploraba su hija con la cara llena de lágrimas.
- ¡Dejad a mi niño tranquilo! – sollozó protegiéndole en su regazo.
- Si mamá, tu bebé estará contigo siempre – susurró acercándose a ella lentamente y abrazándola a ella y a su muñeco de trapo.