Seguía cantando desnuda de vértigos bajo su piel.
Se fue.
Dejó el tatuaje de sus caricias
incrustadas en el fuego de mi piel.
Frío,
Siento frío.
Un frío agotador
cargado de esa pequeña elegancia en el vacío.
El frío
transmisor de la soledad
inunda mi boca.
Camino,
rozo el destino
con mirada fiera.
Pienso en el
atardecer frente a mi ventana,
te recuerdo,
anhelo tus
miradas.
Miradas que
convertían cada suspiro en ácida naranja,
la cual pelabas
con hambre,
impaciente y serio.
Nunca volverán
tus miradas a mi nuca
desbordando el
ardor,
la extraña
locura inacabada del alba.
Tu desvelo era
mi encrucijada.
Como un pacto en
el cruce
de caminos,
de letras al
hombro.
Te llevo en lo
más hondo de mi ser.